UN MARTIR NO CRISTIANO

La humanidad comenzó ese año de 2018 asistiendo a las amenazas mutuas que los presidentes de Estados Unidos y de Corea del Norte intercambian entre sí. Cada día que pasa, la sociedad internacional tiene más razones para dudar de la salud mental de esos dos señores. A pesar de eso, ambos tienen el poder de apretar un botón y destruir la Tierra. Al mismo tiempo, diariamente, gobiernos de Europa mantienen campos de concentración para migrantes y refugiados que escapen de los naufragios y de las persecuciones de los barcos patrulleros.

Por todo ello, es bueno recordar que en ese año conmemoramos los 70 años del martirio del Mahatma Gandhi, asesinado en Nueva Dehli, India, el 30 de enero de 1948. Gandhi fue abatido por la bala de un fanático religioso que hizo eso piensando defender lo hinduismo. El mártir cayó en medio de la multitud y sólo pudo decir: “Dios mío, Dios mío”. En esos días, multitudes de peregrinos, venidos de todas las regiones de la India, visitan su tumba. Muchos llevan flores y las depositan en el monumento. Los adultos llaman: “Mahatma Gandhi!”. Los niños responden: “Anantha-he!”, Es decir, “para siempre”.

En todo el mundo, ha habido muchas manifestaciones por un nuevo mundo posible. Ellas juntan a personas y asociaciones muy diversas. Probablemente, las dos contribuciones más grandes de Gandhi a ese momento de la humanidad son la insistencia en la coherencia entre la acción socio-política y el modo como cada uno vive los valores y su vida personal. Gandhi decía: “Mi vida es un todo indivisible, y todos mis actos convergen unos a otros, y todos nacen del insaciable amor que tengo para con toda humanidad”. Eso es que lo llevaba à la acción no violenta.

Él contestaba a la opresión, pero lograba ver a la persona humana en su sacralidad. Incluso si esa persona era un adversario o enemigo político, debía ser respetado. En su lucha pacífica por la verdad, Gandhi sabía que esa verdad se llama Dios. “Todo lo que hago es en la búsqueda de Dios, anhelo por ver a Dios, cara a cara, el Dios que yo conozco se llama Verdad”. Él decía: “No tengo mensajes, mi mensaje es simplemente mi vida”. Él tituló su autobiografía: “La historia de mis experiencias con la verdad”.

Esa es la base ética de las tradiciones espirituales: un nuevo modo de ser, de vivir y de convivir. La Biblia lo llama de alianza, o reinado de Dios en el mundo. Es la realización del proyecto divino de una sociedad justa, pacífica y unida en una sola hermandad. En el evangelio, Jesús dijo: “Busquen sobre todo el reino de Dios y su justicia y todo lo demás les será dado a más” (Mt 6, 33).

Marcelo Barros

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