Reflexión del Evangelio

María Marta Raggio

RC MIAMSI Chile

Mateo 11, 25-27

“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

REFLEXIÓN Estábamos haciendo una revisión de vida en un grupo de Renovación Cristiana. El hecho de vida partía de la encuesta realizada por uno de los miembros de nuestro movimiento, motivado por conocer de cerca los rostros de la pobreza en Chile, con miras a preparar un trabajo sobre el tema.
Los encuestados habían sido cuatro indigentes, dos hombres y dos mujeres, de mediana edad para arriba, si bien todos se veían viejos. Habían nacido en la indigencia y no tuvieron la posibilidad de salir de ese estado, completando el círculo vicioso de la pobreza “dura”. Ni viciosos ni adictos, simplemente incapaces, por falta de educación y, para qué decir, de oportunidades, de forjarse una ubicación en la sociedad. Sobreviviendo, ya sea en campamentos o en una hospedería de acogida a los sin techo.
Durante nuestra reunión nos detuvimos en analizar nuestras formas de reaccionar ante los indigentes y los limosneros – cosa que estos encuestados no eran. Reacciones que iban desde el temor al rechazo, a la impotencia o a al rabia.
Había apoyado el discernimiento la lectura del fragmento del capítulo 25 del evangelio de Mateo, sobre el Juicio Universal, antes de desembocar en el “actuar”, una instancia para encontrar pistas de acciones concretas, transformadoras, es decir, que vayan más allá del mero asistencialismo, pero que estén al alcance de nuestras posibilidades.
También, y especialmente, nos había iluminado la actitud de esos indigentes. Su agradecimiento ante el hecho que alguien hubiera demostrado interés por su suerte. En su sencillez, la frase “Dios lo bendiga” iba más allá de dar gracias. No era señal de pasividad o de resignación – que bien podían estar presente en ellos – sino de algo mucho más profundo que todos los hombres de todas las culturas llevan como impreso en su código genético. La capacidad de creer en la existencia de un ser trascendente que da sentido y esperanza a sus vidas.
A estos seres sencillos se refiere Jesús en este fragmento del capítulo 11 de Mateo que nos ha tocado reflexionar hoy. Jesús, maestro de humanidad, sabía leer en los corazones de los mendigos, los tullidos, los enfermos, las mujeres impuras, los niños. Seres sencillos y marginados en la sociedad de su época, a quienes él se acercó preferentemente durante su vida pública.
Este trozo del evangelio de Mateo expresa el grado de cercanía de Jesús con el Padre, así como con los sencillos y humildes. En muchas ocasiones Se pronuncia fuertemente contra los “sabios” de su tiempo, acusados de ser hipócritas y duros de corazón. Dureza que es la nuestra cuando nos llenamos de conocimientos abstractos, cuando, en sesudos trabajos económico o sociológicos convertimos a los seres sencillos de nuestro tiempo en un ente llamado “pobreza”. Y nos felicitamos cuando esta otra abstracción, los índices, han bajado. Cuando nos resistimos a mirar al que no tiene trabajo o al que gana un mísero jornal porque no hemos hecho nada por que nuestra sociedad lo acoja y lo capacite. Aquel al que tratamos de flojo, sin embargo, tiene más conocimiento en su corazón que quienes nos creemos sabios y entendidos.
Basta con esta breve oración de agradecimiento al Padre, a quien Jesús conoce como nadie, para alimentar las reflexiones de la presente semana.

Un comentario para “Reflexión del Evangelio”

  1. Anna Maria Nigro dice:

    Obrigada, María Marta pela reflexão de Mat 11, bem oportuna para comentar os
    episódios acima – não os revelastes aos sábio, mas aos pequeninos-.

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