REFLEXIONES SOBRE LA NAVIDAD

S_Vela.GIFSiempre recuerdo un anuncio que se escuchaba hace algunos años en las radios y en la televisión. Con una musiquilla pegajosa repetía sin cesar: “la felicidad…en esta Navidad… está en Comercial… (aquí nombraba a una conocida cadena de tiendas)”. Creo que esta propaganda resume, en un simple “jingle”, toda una filosofía, toda una postura ante un mundo que busca comprar la felicidad en una supertienda y lo hace en nombre de una festividad religiosa que no tiene nada de comercial en su origen.
Veamos algunos detalles de lo que la Biblia nos dice acerca de la primera Navidad. El capítulo 2 del Evangelio de Lucas nos relata que Jesús nació en Belén. Hace unos 2000 años, Belén era un pequeño poblado ubicado unos pocos kilómetros al sudoeste de Jerusalén, la capital de Palestina. Cuando Jesús nace, lo hace en medio de un viaje impuesto por el decreto del emperador Octavio Augusto, pues Roma dominaba toda la Palestina y gran parte del mundo conocido entonces.
María y José se encuentran solos, probablemente habrán tomado algunas previsiones porque sabían que el nacimiento estaba próximo, pero en medio de un viaje no se puede pensar en condiciones adecuadas para un alumbramiento. Lucas nos dice, incluso, que “no había sitio para ellos en la posada”. Es decir, que su nacimiento se produce en el despojamiento, la pobreza y la soledad. A su alrededor no habían lucecitas de colores, viejitos gordos vestidos de rojo y mucho menos ¡nieve!
Los primeros a los que se revela la buena noticia de su nacimiento son unos pastores, representantes de los pobres y sencillos, que serán también los primeros en recibir posteriormente la palabra de Jesús. Estos pastores vivían en el campo. En contacto con una naturaleza esquiva y cuidando día y noche algunas cuantas ovejas para poder sobrevivir. El anuncio no fue hecho a personas con dinero o tarjetas de crédito para poder comprar lujos en los almacenes de moda.
Pero el anuncio del ángel es un contraste ante la miseria en que se da el nacimiento del pequeño en un pesebre. En torno a los pobres pastores de las montañas de Belén se encuentra todo el ejército celeste y canta la gloria de Dios y la paz que éste ofrece a hombres y mujeres, reveladas ambas en este niño miserable cuya pobreza constituye un signo: este niño que nace va a ser el Mesías esperado de Israel. El es el Salvador y con él llega la paz, no sólo a los “hombres de buena voluntad”, sino que a toda la humanidad.
Conocemos mucho de la vida de Jesús, conocemos su mensaje y sabemos de su práctica. El mensaje y programa de Jesús fue aceptado por los pequeños, como los pastores, que fueron los que lo reconocieron como a su salvador. Es que para Jesús es importante, aún desde el inicio de su vida, estar con los excluidos, con aquellos que realmente necesitan la salvación. Los ricos, los poderosos, los que todo lo tienen, no necesitan a un Mesías que les recuerde permanentemente que Dios les pide que actúen con solidaridad. Para ellos lo más importante es el provecho propio y ante esto los seres humanos y sus necesidades pasan a segundo o tercer lugar.
¿Qué significa el nacimiento de Jesús en Belén, para nosotros y para toda la humanidad?
Hoy en día la paz anunciada en Belén nos parece algo cada vez más lejano. Por un lado vemos guerras fratricidas que se desatan en distintos puntos del planeta y que presenciamos en directo por las grandes cadenas de televisión. Son las guerras que producen millones de dólares de ganancias tanto para los que las hacen como para los que las relatan. Pero no necesitamos ir al otro extremo del mundo para ver la violencia que los seres humanos se infligen mutuamente.
Si miramos a nuestro alrededor vemos que es imposible que haya paz mientras miles y miles de habitantes de nuestro continente y del mundo entero sufren de la extrema pobreza. Son los mismos empobrecidos que recibieron el anuncio de salvación y corrieron a contemplar la gloria de Dios en un recién nacido, pobre como ellos. Para ellos no hay paz, pues sufren día a día la violencia del hambre, la desnutrición, el frío y la ignorancia. Son los que sufren la explotación y la discriminación precisamente de parte de los que se enriquecen cada día más mientras ellos empobrecen.
Y es en este mundo que nos aprestamos para celebrar, una vez más, la Navidad.
Es una fiesta que acostumbramos celebrar en familia… pero para algunos, familia es justamente el lugar donde se hace presente la violencia, física o sicológica. Es también una fiesta para reunirnos a comer algo especial… pero algunos no tienen posibilidades de llevar nada a la mesa pues la miseria apenas les permite darse cuenta que están vivos. Es una noche de luces, trajes nuevos, música y alegría… pero sólo para algunos.
Es también una fiesta que debe invitarnos a la reflexión. Una reflexión que parta de la realidad cruda y descarnada en la que vivimos. Este año queremos hacer un llamado a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a volver los ojos hacia los empobrecidos y a celebrar la Navidad en solidaridad. Dejemos a las casas comerciales con sus “jingles” y sus adornos multicolores y busquemos cómo ser también nosotros los emisarios del nacimiento de un salvador para todos y todas, pero especialmente para los pobres.
La esperanza cristiana debe impulsar a los y las creyentes a luchar contra todo aquello que causa injusticias, odios y deshumanización. No es posible creer en un Dios que busca para los seres humanos un futuro de justicia, liberación, paz y amor y al mismo tiempo no hacer nada ante la situación actual tan ajena todavía a esa utopía en la que creemos los que celebramos el nacimiento de un niño en Belén hace tantos años.

Corina Varela García

Secretaria General del SAL

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